miércoles, 8 de abril de 2015

"Solo queríamos ver la sonrisa de mamá una vez más"

 

Este anime me ha marcado como solo han hecho otros dos. Reconozco no ser una experta en este campo ni haber visto tanto como muchísima otra gente, pero si hay algo que me encanta son las historias contadas de cualquier manera, y esta ha alcanzado mi corazón. El por qué exactamente no lo sé. ¿Serán esos escenarios, tan parecidos a los que imagino yo cuando escribo mis tonterías sobre esa Simona imaginaria? ¿Serán las conexiones entre los personajes, sus lazos de cariño o de inquina, de amor o de odio, de curiosidad o de mera conexión desconocida?  ¿Será el (guapísimo) Edward Elric, protagonista junto a su hermano Alphonse, y ese carácter suyo tan fuerte y decidido del que yo carezco? ¿O será la inteligente Winry, con sus herramientas y su cabeza de tecnóloga?
Ni idea. Todo me gusta, todo es genial. Hasta me ha sacado esas lagrimillas que no derramo ni con los libros.
Así pues, recomiendo Fullmetal Alchemist: Brotherhood a cualquiera que se pase por aquí a leer mis chorradas aleatorias y os deseo una buena entrada de la primavera a todos. ¡Que disfrutéis de esta maravillosa canción! 

Bruma.

martes, 24 de marzo de 2015

Ilusa leona Lannister.

Daenerys Targaryen
Le dedicó una sonrisa de disculpa y le habló de un espectáculo de marionetas que se había hecho muy famoso entre los habitantes de la ciudad: una representación en la que el reino de las bestias estaba gobernado por leones arrogantes y orgullosos. 
-A medida que avanza esta ultrajante historia -continuó-, los cachorros de león se hacen más vanidosos y codiciosos, hasta que empiezan a devorar a sus súbditos. Cuando el noble venado protesta, los leones lo devoran también, y rugen que están en su derecho porque son las bestias más poderosas.
-¿Y así termina? -preguntó Cersei, divertida. Bien mirado, hasta podía ser una buena lección.
-No, Alteza. Al final sale un dragón de un huevo y devora a todos los leones.

George R. R. Martin, Canción de Hielo y Fuego IV: Festín de Cuervos

lunes, 16 de marzo de 2015

Echemos ahora la memoria hacia atrás en el tiempo y miremos en otro plano. Sobrevolemos esta historia dispar que tengo en la cabeza rebobinando hasta alcanzar el punto que no es sino el principio, el germen del mundo creado por un cerebro hastiado que ansiaba viajar más allá de lo que tenía delante.
Nos encontramos entonces en los inicios de los tiempos de esta historia, un relato que aún no cobra forma exacta pero que pretende decir mucho más de lo que aparenta. Este relato contiene miedos, sueños, anhelos; todo ello conjugado en una extraña mezcla de personajes que faltan por nacer o ya no sirven para nada. Es como si mirásemos dentro del caldero de una bruja alocada y desordenada: sería extraño lo que encontraríamos ahí mezclándose, pero si esa bruja es buena seguramente haría una gran poción con sus ingredientes desperdigados.
La pregunta es, ¿es buena la que escribe esto, o por el contrario, se trata de una simple alma perdida que intenta encontrar el Norte cuando en realidad viaja hacia el Sur? Habrá que descubrirlo.
Decíamos que estábamos rebobinando hacia el comienzo de todo, hacia esos primeros rostros que surgieron con un amor idiota e imposible hacia lo inexplicable. Si esa versión de la historia hubiese seguido adelante, ¿qué tendríamos ahora? Muchas veces me lo pregunto.
Suelo sentirme tentada de desandar el camino y dar un salto hacia aquello que desterré hace tiempo, creyendo que enseñaba demasiado de mí misma. Sin embargo, lo que tengo ahora entre las manos parece un arma delatora, mucho más manchada de sangre que la anterior. Siendo así, ¿por qué no volver a la historia original y seguir haciendo de las mías en aquella realidad inicial? A nadie le importa lo que a mí me pase por la cabeza, soy solo una entre los siete mil millones de seres humanos que habitan el planeta hoy.
Como iba diciendo, vuelvo atrás y me encuentro en esa selva inicial. No sé qué mecanismo de mi mente me hace viajar exactamente a ese lugar, pero veo frondosa vegetación, quizás un claro en el bosque junto a una laguna. No nos confundamos: no es la selva de la que todos saben que hablo. No está llena de reptiles ni esconde los mismos secretos que la otra. Esta selva se encuentra en una pequeña isla en el único océano de este enano planeta, y no la habita nadie. 
Allí vemos parada una aeronave hecha enteramente de metal, con enormes remaches y distintas tonalidades de bronce. En lugar de describirla tal y como yo la imagino, os dejo a vosotros que la recreéis en vuestra mente al más puro estilo steampunk de lo que llamamos mundo real. 
Si andamos un par de kilómetros hacia el Norte de la isla, nos encontraremos una laguna profunda conectada por diversas cavidades con el mar que rodea el lugar. Las aguas son cristalinas y permiten ver el fondo, pero a nadie le interesa. Nos vamos a centrar en la pintoresca escena que tiene lugar a unos cuantos metros de la orilla de la laguna. 
Hay tres seres humanos y un enorme animal allí parados. El gurhum presenta un pelaje espeso color canela, y de sus costados salen alas membranosas y suaves que soportan el peso de varios hombres adultos. Sus ojos son distintos: el derecho, verde, y el izquierdo, azul. Podría pasar por un puma en nuestro mundo, de no ser por su gran tamaño y los rasgos mencionados. ¿No es una bestia hermosa? Pues, para colmo, sabe más de lo que cuenta, ya que los gurhum no saben hablar. Pero prosigamos.
Uno de los seres humanos, el más bajito, está ya entrado en años pero conserva la agilidad de sus primeros inviernos. Tiene un poco de pelo alocado y blanco como la nieve, y unas gafillas se ajustan en la punta de su nariz aguileña. Mira con gesto afable a los otros dos seres que hay ante sí, y les habla en su idioma. Les dice que allí corren peligro, que no pueden tardar demasiado en irse a la nave. Pero los otros dos humanos no parecen tener intención de moverse, seguramente porque no pueden.
Una, la única mujer, no ha vivido aún dos décadas completas. Es alta, pero está arrodillada. Su cabello es castaño como las hojas del otoño, y está recogido en una coleta de caballo dejando caer un flequillo coronado por enormes gafas de aviador. Sus ojos son negros, y halos pecosos surcan sus mejillas. Lleva ropa oscura y ajustada de algodón, y le corren profundas gotas de sudor por la frente y el pecho, hacia el interior de la camiseta negra. ¿Lo que le cae de los ojos también es sudor, o son lágrimas?
Es posible, ya que en su regazo reposa una cabeza. No os preocupéis, está unida a un cuerpo humano sano y salvo. Con arañazos, pero a salvo. Se trata de un ser de su especie y más o menos de su edad, del género masculino y considerable tamaño y fuerza. A su compañera le cuesta verlo indefenso, y su profesor nunca pensó que lo tendría así a sus pies desde que era pequeño y tuvo sus últimas fiebres. 
El muchacho tiene un color de piel aceitunado que ha palidecido para dar paso a labios morados y ojeras. El cabello rubio encrespado está mojado, igual que todas las vestimentas. Si abriese los ojos veríamos dos réplicas del azul cielo que tienen estos seres sobre las cabezas, pero por desgracia no lo hace.
Ya le han presionado el pecho, ya ha vomitado toda el agua que le cabía en los pulmones y más. ¿Qué le pasa, entonces, a este humano de fuerza hercúlea y juventud dorada? ¿Qué lo ha debilitado tanto? ¿Qué ha podido sobrepasar las barreras de su hombría y resistenca?
La respuesta la encontramos en la laguna. Unas cabezas bífidas asoman por entre las rocas, acechantes, observando con recelo la presa que han perdido. Podría haber acompañado a los otros hombres hermosos e incautos que forman su colección de cadáveres en vida bajo el agua, pero no lo han logrado. El humano al que intentaron raptar tenía demasiada fuerza y estaba ligado al mundo exterior con un lazo tal que era imposible de romper. Les resultaba especialmente molesto el hecho de que hubiese mirado con desesperación a la humana que lo acompañaba, esa mujer de piel dorada y sangre caliente que nunca en su vida sabría lo que es ser una hembra escorpión del agua. Lo peor de todo era el animal que la acompañaba y que se lanzó en picado a salvar al objeto de deseo de su humana, cobrándose la vida de una de sus hermanas.
Pero las sirenas escorpión ya no podían hacer nada. Entregarían a la compañera muerta a las profundidades de su océano, y dejarían al valioso semental que se marchase con su humana y le hiciese bebés llorones de esos que ellas nunca tendrían. Las crías de sirena escorpión no lloraban, ni eran tan blandas como las humanas. No había ni punto de comparación.
Así pues, las sirenas escorpión se marcharon a su mundo de sueños aguados, mientras el joven de sangre caliente al que habían intentado raptar recuperaba el conocimiento. Abrió levemente los ojos y el sol se reflejó en los mares de sus iris, deslumbrándole. Pronto una sombra lo tapó, un rostro hinchado y sudoroso de cuya boca salían palabras ininteligibles. El joven humano intentó preguntar qué era aquello, dónde estaba y por qué el sol lo deslumbraba, pero de sus labios solo salieron los restos de agua rezagados que quedaban en los pulmones.
El humano rechoncho le palmeó el rostro, le tomó el pulso otra vez y, junto a la otra humana, lo ayudó a incorporarse. Pesaba mucho, pero ella lo sostuvo y lo rodeó con los brazos. Si las sirenas hubiesen estado mirando, les habría parecido un ritual de cariño estúpido y propio de las blandengues mujeres humanas. Pero a la joven que lloraba había dejado de caérsele el mundo encima. Sabía que el joven estaba bien, que respiraba. Lo acunó y le acarició la mejilla en la que ya volvía a crecer la barba dorada, y él se dejó hacer. El humano más anciano miraba y sonreía, recordando juventudes pasadas y tiempos que no volverían. Pensó que todo lo malo pasa, y que frente al peligro siempre quedarían los nexos entre seres humanos que hacían nacer la vida, que movían el mundo y que, en lo tangible, se mostraban de forma parecida a aquel cuadro que observaba ante sí: una muchacha llorosa que sonreía y un muchacho que se dejaba abrazar y respiraba como si acabase de nacer. Sudados, mojados, llenos de arañazos no parecían gran cosa. Cuando tuviesen el destino en sus manos ya sería otro cantar.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

A veces, cuando tenía tiempo, me gustaba observar a Simona hacer sus trabajos cotidianos sentanda delante del escritorio, con el pelo revuelto en un moño mal hecho y ropa de andar por casa. A decir verdad, esto se daba muy pocas veces, ya que la mayor parte del tiempo lo pasábamos cada uno en nuestro despacho, envueltos en documentos oficiales que ella debía traducir y yo redactar y revisar. Siempre intenté no cargarla con las responsabilidades que eran mías por derecho y deber, pero al final acabó sumergida a la misma profundidad que yo en este estresante modo de vida, si bien entre nosotros se daba la diferencia de que a mí me venían acostumbrando desde pequeño a la idea de lo que sería estar al frente de un Imperio. Ella, por el contrario, fue siempre una muchacha salvaje amante de su libertad y del "no deber", que siempre que podía se sentaba bajo un árbol y leía hasta que no quedase luz con la que iluminar las palabras. Si esto sucedía, se marchaba a casa y continuaba leyendo allí.
Leyendo, leyendo, siempre sumergida en libros: así vivió siempre mi inteligente Simona. Era imposible tener en mente una imagen suya sin libros cerca... o gatos. Siempre le gustaron los gatos. Recuerdo que cuando regresé al Imperio para poner fin a los Años Negros aún vivía su enorme gato rayado Julius. En ese tiempo que pasé en su casa se me hizo cotidiana la imagen de Simona sentada en su escritorio, tomando té de flores en una taza blanca y acariciando a un ronroneante Julius acomodado en su cálido regazo. Todo eso mientras ella revisaba sus traducciones y escribía en sus papeles.
No me dio tiempo a pensar demasiado, ya que después llegó la guerra, que finalizó llevándose numerosas vidas y otras tantas esperanzas de los que quedaron aquí. Casi sin darme cuenta le perdí el rastro a Simona: poco después de la reconstrucción de la Capital me vine a percatar de que no aparecía por ningún lado. No la mandé buscar ni pregunté por ella en ningún sitio; sencillamente, supe que se había marchado. Como por un acuerdo tácito, separamos nuestros caminos una vez más, yo sin ser demasiado consciente en aquel momento de la magnitud de las cosas.
Y así pasó el tiempo, mientras me ocupaban completamente mis deberes como Emperador novel. Tratándose de un país en relativa crisis política, se me hizo más complicado el comienzo del cargo, pero me honra decir que supe salir del paso y recuperar un poco de la seguridad y la riqueza que existía en tiempos de mi difuntos padres.
En esos dos años me había acordado numerosas veces de Simona. Cada vez más. Y al mismo tiempo que me venían a la mente esas imágenes tan repetidas de Simona leyendo, Simona traduciendo y Simona bebiendo té con Julius ronroneando en su regazo, me daba cuenta de que me faltaba algo.
Ese algo era Simona.
En mis casi dos años como Emperador había cogido la mala pero realmente útil costumbre de mandar a mi secretario que hiciese todo aquello para lo que yo no tenía tiempo o que no sabía cómo coger. Así pues, le dejé a él la tarea de buscar a Simona por todos los registros del país, licencia burocrática que como buen guardián del secreto de mis ciudadanos solo me permitiría en caso de un potente enemigo del Imperio. En este caso se trataba de una enemiga potencial, una muchacha de ojos castaños y cara pecosa que se había adueñado de mi corazón y amenazaba con arrancármelo del pecho.
Así pues, Yago se encargó de buscarla mientras yo hacía frente al encendido carácter de Greta, quien me sermoneaba por haberme dado cuenta de algo tan crucial en mi vida como aquello en aquel momento y no antes, pues según ella podría haber cambiado muchas cosas y no todo habría sido tan doloroso para Simona. Greta tenía toda la razón pero a lo hecho, pecho. O eso dicen.
Yago encontró a Simona, y Simona vino. Pero no todo fue como yo creía que sería.
Resultó que me había llevado al Trono una imagen de Simona que se había distorsionado con el tiempo. Yo recordaba a una muchacha cambiada después de cuatro largos años de yugo como mano de obra del régimen totalitario, a la cual le habían salido ojeras y le faltaban unos cuantos kilos que antes la habían redondeado. El último rostro de Simona que vi estaba enmarcado por un pañuelo escarlata y denotaba sentimientos de frustración reprimida, pretendiendo ser una máscara de otros más puros que yo sabía que seguían ahí, aunque siempre fingí no darme cuenta.
Y eso es lo que pensaba que encontraría en la Simona que viniese a mí cuando Yago la mandase buscar: una amateur en el arte del disfraz cuyo candado se abriría con la llave de mi amor, recién descubierto. No obstante, lo que me encontré fue un sólido muro de piedra, resultando que la antaño amateur se había transformado en una maestra en esto de las máscaras.
Sabía que si la dejaba marchar no habría manera de hacerla volver, así que antes de que pusiese un pie fuera del Palacio tiré las armas y me descubrí, de forma que podría hacer conmigo lo que quisiese.
Pues resultó. Simona no me apaleó el corazón. Se quedó conmigo y, aunque el suyo estaba roto en pedacitos y había sido reconstruido unas cuantas veces ya, me ayudó a arrancar del mío ese lacerante dolor que me llevaba consumiendo desde la muerte de mis padres.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Simona y sus libélulas mentales.

En cierto sentido, lo que hacía era contener una rabia dolorosa que me atenazaba el corazón desde hacía siete años. El día que él se marchó con el profesor Gyga –quien, por cierto, ¿dónde estaría?-, yo sentí que se me rompía algo dentro, pero durante los Años Negros aprendí a vivir sola y a superar esas memeces de adolescente. Sin embargo, tras cuatro largos años de búsqueda sin sentido y oscuridad para todos los habitantes del Imperio, él regresaba, con su libélula de plata brillando entre las clavículas, y me pedía ayuda para salvar su país. Y yo se la daba. Y él salvaba a su país. Tras eso, la Simona enamoradiza, la Simona del corazón roto y la Simona de renovada esperanza desaparecían en la sombra y se sumían en sus libros para contrarrestar esa primera juventud en la que un díscolo corazón no hizo otra cosa que jugar malas pasadas. 


Y ahora, tras siete largos años de lucha contra mi yo sentimental, mi yo rebelde y mi yo de cristal, llegaba la libélula de plata y me pedía estupideces mientras me observaba trabajar con ojos escrutadores. Aquello no tenía ningún sentido. Mi vida habría sido más lógica si hubiese seguido viviendo en mi casita ajardinada con Xara, si nunca hubiese recibido esa carta y si hubiese encontrado cualquier motivo para no salir de Eónicas nunca jamás en la vida. Pero, al parecer, mi destino no era ese.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Palabras de la sabia Catelyn Tully.

-En ocasiones -empezó con voz pausada-, lo mejor es no hacer nada. Al principio, cuando llegué a Invernalia, me dolía ver que Ned se iba al bosque de dioses a sentarse bajo su árbol corazón. Parte de su alma estaba en aquel árbol, yo lo sabía, una parte que jamás sería mía. Pero pronto comprendí que, sin esa parte, no sería Ned. Jeyne, pequeña, os habéis casado con el Norte, igual que hice yo. Y en el Norte llegan los inviernos. -Trató de sonreír-. Sed paciente. Sed comprensiva. Os ama y os necesita; pronto volverá a vos. Puede que esta misma noche. Cuando eso suceda, estad allí. No puedo deciros más.


George R. R. Martin, Canción de Hielo y Fuego III: Tormenta de Espadas






Kvothe tocando el laúd para Daenerys y sus dragones. Un remix de fantasías.

"No tienes las manos de una princesa frágil que pasa las horas haciendo encaje y que espera a que llegue algún príncipe a salvarla. Son las manos de una mujer capaz de trepar por una cuerda hecha con su propio cabello para alcanzar la libertad, o de matar al ogro que la ha capturado mientras duerme"

Patrick Rothfuss, El nombre del viento