viernes, 30 de mayo de 2014

Mi pequeña mariposilla huidiza.

Mi pequeña Morgana no es lo que parece. Escurridiza y menuda, no deja rastro allá donde pisa su delgado cuerpecillo de gatita callejera en miniatura. Cuando me enfoca con esos ojos verdes, redondos y penetrantes, siento que se divierte al verme, como si su inmensa curiosidad tratase de encontrar satisfacción en cualquier cosa que una torpe humana tenga de interesante.
Su pelo es suave como la seda, y por el color da la impresión de que a una gata atigrada rubia se la haya pintado mal de negro, dejando huecos por los que asoma algo de naranja o incluso alguna que otra raya casual. Su cola está torcida formando una V al final, con lo que le es prácticamente imposible poseer esa elegancia natural que caracteriza el movimiento ondulante de este apéndice felino.
Mi linda Morgana vive a la sombra de su madre, la enigmática Snorri, negra como el tizón y con una puntita luminosa en la punta de su elegante cola. La pequeña figura de Morgana también está oscurecida por su hermano, todo un Arturo en felino bautizado como Gary desde que su cola rayada asomó por primera vez al mundo.
Morganita husmea, persigue a los visitantes sin acercarse demasiado, gusta de romper bolsas de plástico y siempre que puede se mete entre las sábanas de mi cama.
La inquieta Morgana aprovecha su peso de pluma y sus rubias patitas manchadas de negro para dejar en mí una huella indeleble. Me caló desde la noche que nació este único gatito diferente al resto de la camada: la oveja negra en un rebaño de gatos grises atigrados. Siendo pequeña, se debatía como una fiera cada vez que alguien la cogía en brazos, hasta que llegó un lobo feroz que con sus maneras tranquilas calmó a la bestia, como de costumbre.
Morgana, como yo, es un punto y aparte tras el resto. Es una gata peculiar, a la que hay que entender; la reina de la independencia en un género de animales ya de por sí independientes, muestra sin embargo rasgos de cariño que me dejan estupefacta. Cuando leo procura mantenerse cerca, respirando con tranquilidad, con los ojitos cerrados y las patitas estiradas en la cama. Me hace gracia una mancha canela que, como una pincelada, divide su cara en dos partiendo desde su nariz y acabando un poco por debajo de los ojos.
Morgana me persigue por la casa y, cuando quiero darme cuenta, se escabulle; reaparece entonces mirándome con esos enormes ojos verdes desde el quicio de una puerta, escondida del mundo que parece ser demasiado grande para ella. Morgana es un pequeño ocelote que trata de seguir el ritmo de su mamá pantera y su hermano tigre, consiguiéndolo a medias. Ella, mucho más despistada, fantasea con cualquier florecilla que se cruce en su camino y se detiene a cada instante a investigar todo lo que hay a su alrededor.
Morgana es especial. Como Morgana de las Hadas.

B.

jueves, 29 de mayo de 2014

Simonas vencidas por el mundo.

En el fondo ése es nuestro yugo, aunque quiera hacer las veces de hermosa bendición. Nuestros padres nos lanzan al mundo creyendo que han hecho de nosotras algo más que las máquinas de parir que habríamos sido en otra época; sonríen, cansados y ya mayores, ante el fruto de sus esfuerzos, pues ven ante sí a una mujer libre, inteligente, cultivada, emancipada, con adquirida conciencia de su independencia y sus derechos y deberes. Sin embargo, ese orgullo paterno no les deja ver lo que se esconde debajo de nuestra segunda piel, ese horror ante el mundo en el que nos han enseñado a sobrevivir desde pequeñas y para el que muchas trabajan día a día ganando un sueldo para vivir. Es un mundo cruel, violentado y maltratado, en el cual no siempre tienen cabida esas ideas progresistas y liberales que nos inculcaron nuestros cultos y bienintencionados padres. Ellos nos soltaron la mano creyendo que lanzaban al mundo a guerreras amazonas fuertes, capaces de vencer los obstáculos y dispuestas a sembrar la semilla de su vida adulta en el tiesto del mundo que ellos no verán. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Los residuos del pasado todavía contaminan esa sociedad, y la respuesta de estas mujeres educadas, cultas y supuestamente independientes ante tales atrocidades y tamaños horrores no siempre es la esperada. Unas, muchas, cada día más, son capaces de levantar su vida sobre sí mismas y empujar, montaña arriba, para reivindicar cualquier causa justa que necesiten defender a fin de vivir agusto con sus ideales. Pero otras, que no son pocas, no son capaces de tal acto de valentía y osadía frente a un mundo de dedos acusadores, y se esconden en la sombra para que nadie las vea llorar como el espíritu débil que realmente son. Alguien les dijo una vez que lo importante era el interior, que una mujer inteligente valía por diez guapas y de testa mediocre, que llegarían lejos si seguían por tal o cual senda. Sin embargo, un doctorado en Química no ayuda a controlar la sinapsis del cerebro que regula los impulsos nerviosos, ni la matrícula de honor en
Historia hará que una sea capaz de llevar las riendas de su propia vida a buen término, por muchos errores del pasado que haya aprendido, estudiado y rememorado en su cabeza. Es así. Entonces, muchas de estas guerrilleras de mente cultivada y labia poderosa se transforman, o más bien dejan salir su lado más débil. Sueltan la agonía acumulada, la rabia estancada, la tristeza permanente; se dan cuenta de que en el fondo llevaban casi toda su vida desengañadas, desde aquel día que de niña vio en las noticias una prostituta violada y asesinada, o desde aquélla ocasión en que algún mayor falto de seso tuvo la gracia de asociar los términos "fémina" y "sartén". Se dan cuenta de que son lo que el mundo ha hecho de ellas, y que si no encuentran fuerzas para luchar es porque se encuentran en el mismo campo de batalla enemigo que quiere robarles el espíritu. ¿Y qué hacen entonces?
No lo sé. Supongo que cuando llegue mi turno de desengañarme lo sabré.

Bruma

miércoles, 28 de mayo de 2014

Aún me pregunto cómo soy capaz de leer este libro.

Así comienza nuestra historia de Oskar Schindler, con nazis góticos, con el hedonismo de las SS, con una muchacha delicada maltratada y con una ficción tan popular como la de la prostituta de corazón de oro: el buen alemán.
Oskar, por una parte, se ha ocupado intensamente de estudiar el conjunto del sistema, la cara enferma tras el velo de decencia burocrática. Sabe ya, cuando muchos todavía no se atreven, lo que significa Sonderbehandlung; "tratamiento especial" significa pirámides de cadáveres envenenados en Belzec, Sobibor, Treblinka, y en el complejo, situado al Oeste de Cracovia, que los polacos llamaban Oswiecim-Brzezinska y que Occidente conocerá luego por su nombre alemán, Auschwitz-Birkenau.
Por otra parte, es un empresario, un negociador por temperamento, y no se opone abiertamente al sistema. Ya ha contribuido a reducir el tamaño de las pirámides; y aunque no sabe aún que durante este año y el siguiente crecerán hasta sobrepasar el Matterhorn, no ignora que el tiempo del horror se avecina. Aunque no puede predecir los cambios burocráticos que se sucederán durante su construcción, presiente que siempre habrá sitio para el trabajo de los judíos, y necesidad de él. Por lo tanto, durante su visita a Helen Hirsch insistía en que "cuidara su salud". Estaba seguro, como también muchos judíos insomnes en los oscuros Arbeitslagern de Plaszow, de que ningún régimen con la marea en contra podía permitirse el lujo de prescindir de una abundante fuente de mano de obra gratuita. Los que serían hacinados en los vagones que iban a Auschwitz eran los que se desmoronaban, escupían sangre, caían víctimas de la disentería. El mismo Herr Schindler había oído decir a algunos prisioneros en la Appellplatz, el patio de ejercicios del campo de trabajo de Plaszow, en voz baja: "Por lo menos, aún estoy sano", en un tono que normalmente sólo emplean los ancianos.
De modo que esa noche de otoño era ya temprano y tarde en la empresa práctica de Herr Schindler de salvar algunas vidas humanas. Estaba ya profundamente comprometido; y había roto en tal medida las leyes del Reich que habría merecido multitud de penas de horca, decapitación y reclusión en los helados barracones de Auschwitz o Gröss Rosen. Sin embargo, aún no conocía el verdadero coste; aunque había gastado ya una fortuna, aún no imaginaba el volumen de los pagos que sería necesario efectuar.
Para no exigir tan pronto una credulidad excesiva, la narración comienza con un gesto corriente de bondad: un beso, unas palabras de aliento, una barra de chocolate. Helen Hirsch nunca volvería a ver sus cuatro mil zlotys, al menos en una forma que permitiera contarlos o sostenerlos en la mano. Pero hasta el día de hoy le parece de escasa importancia la despreocupación de Oskar por el dinero.

Thomas Keneally, El arca de Schindler

lunes, 26 de mayo de 2014

Me he pasado más de media vida diciéndoles a mis padres cosas que no tenían nada que ver con las que hubiera querido decirles, educando mi voz para que se acoplase a una traición que fue dejando de serlo a medida que se debilitaba la voluntad, cediendo a los pactos de disimulo y medias verdades que la relación entre ellos porponía a modo de paliativo insensible para aliviar la inquietud sin hurgar en sus causas. Aprendí desde edad bastante temprana a mirarme en aquel espejo oblicuo donde mi rostro asomaba a medias tapado por el de ellos, pero no me di cuenta de que estaban torcidas las sonrisas hasta que empezó a reflejarnos solas a mamá y a mí con la sombra de él al fondo. Yo intentaba borrar aquella sombra, la frotaba con rabia una vez y otra vez, pero reaparecía como la mancha de sangre en la llave de Barba Azul, y dentro del espejo se congelaban los gestos, nada era verdad, a todas las sillas les faltaba alguna pata, no corría el aire, en los estantes había ceniza en vez de libros, mi cara era azul y las figuras se ladeaban como esos muñecos que no asientan bien y están a punto de caerse. ¿No sería -empecé a pensar- que casaban mal unas con otras desde siempre, y que mejor estaríamos cada cual por su cuenta, como ella solía decir, a la conquista de la propia ración de aire? Mamá se quedaba mirando por la ventana cuando dejaba caer esa propuesta teñida del color de sus pinceles, amarillo bilioso, nacarado o granate, y a mí se me encogía el corazón ante su perfil agudo de pájaro impaciente. "¡Que no se vaya", pensaba, "que no eche a volar!" pero luego todo volvía a estar como antes, aunque aquel aviso podía repetirse inopinadamente, y se sabía. Pero qué difícil es buscar la propia ración de aire, aguantar el aire libre cuando te has aficionado a los paños calientes, abandonar la cueva sin rencor y sin daño, resignarse a olvidar lo que no se ha entendido. 

Carmen Martín Gaite, Lo raro es vivir

domingo, 25 de mayo de 2014

Antes de irme por hoy os dejo otro vídeo, muy diferente al de hace un rato, pero que me ha llamado mucho la atención...
 
La canción es de Loreena McKennitt. Su título es Banquet Hall. Espero que os guste.

Bruma.

Hace tiempo que quería poner aquí esta canción...