jueves, 9 de octubre de 2014

Greta y Simona.



-En realidad, los miembros del círculo cercano de Mow ya sabíamos cuáles eran sus intenciones al traerte –dijo un día mientras tomábamos un respiro en mi habitación del Ala Sur, antes de volver al Salón Principal para recibir a la Presidenta de la Ciudad de los Mineros-. Últimamente estaba muy callado, y no hacía otra cosa que mover piezas de un ajedrez que tiene en su oficina mientras murmuraba y daba órdenes aquí y allá.
Lo decía chupando el chocolate de su bollo de hojaldre, como si no hubiese que preocuparse en exceso por los cambios repentinos de humor de un Emperador.
-Antes de pedirle a Yago que te buscase en los registros de empadronamiento, me llamó un día y me preguntó si yo había seguido en contacto contigo. Por supuesto que no, le dije, ya que en cuanto pudiste te largaste de aquí. Yo sabía que no podías estar en la Capital sin habernos dado muestras de vida, aunque fuese una señal de humo –rio ante el comentario-, así que le propuse que mandara a Yago mirar con lupa los registros del último año de todas las ciudades, empezando por Eónicas. Y, mira por dónde, acerté –remarcó, con una sonrisa de suficiencia.
Yo la miraba. Se me había olvidado que tenía el bollo en la mano, porque el chocolate me chorreaba por los dedos y caía en el plato en forma de gotitas marrones. Ella echó un vistazo rápido a mi bollo intacto y siguió comiéndose el suyo con saña mientras hablaba:
-Por supuesto, se veía a las claras lo que pretendía pedirte detrás de esa estúpida excusa de la traducción. Si hubiese sido yo, te habría pedido que fueses mi profesora personal o algo por el estilo, para pasar más tiempo a solas y acercarme mejor –me guiñó un ojo-. Pero, claro, el muy burro se inventó esa historia…
-La verdad es que no se sostenía mucho –puntualicé yo.
-Efectivamente, insostenible –concedió Greta-. Y lo que consiguió fue cabrearte por tanto misterio y secretismo. La semana que tardaste en traducir aquello estaba de los nervios; no podíamos casi molestarlo para nada que fuese menos de una amenaza de bomba o algo así. Él creía que te ibas a ir en cuanto acabases, y no sabía cómo decirte lo que, al parecer, llevaba cerca de dos años rondándole por la cabeza…
Greta hablaba con naturalidad, como si fuese lo normal que un Emperador hiciese eso todos los días.
-Yago se hizo el sueco cuando recibió las instrucciones de esa carta, pero yo no me callé. Me parecía muy injusto que jugase contigo de aquella manera –ahora parecía indignada. Había dejado el último bocado del bollo en el plato y me miraba fijamente, ceñuda-. En cuanto Yago salió del despacho, más contento que unas pascuas con su nueva misión, yo me planté delante de Mow y le pregunté durante cuánto tiempo pensaba tenerte de mascota. No, no me mires así; lo conozco lo suficiente como para decirle lo que me venga en gana si creo que se equivoca. Le regañé y le dije que me parecía injusto haberte tenido seis años en la sombra, preocupada siempre por lo que podría pasarle, mientras él iba y venía haciendo sus cosas y sólo recurría a ti cuando le convenía. ¡Es cierto, Simona, admítelo! Primero le picaba la curiosidad contigo mientras a ti se te caía la baba con él, pero no dio tiempo a más porque llegaron los Años Negros y se tuvo que marchar cagando leches. Después de cuatro años, cuando tú ya te habías acostumbrado a vivir sin él, volvió y te pidió que lo tuvieras en tu casa con toda la cara del mundo, y encima, que lo ayudases a recuperar el control del Imperio. Y tú, boba, le hiciste caso y le ayudaste, pero con eso sólo te autodestruías más. Después, cuando él ya tenía el Trono y había asumido limpiamente su labor de Emperador, volvía a olvidarse de ti. Y tú hiciste muy bien en marcharte, si quieres mi opinión. Pero para cuando ya tienes tu vida y haces lo que te gusta, se le ocurre llamarte porque se ha dado cuenta de que, después de seis años de dar más vueltas que un trompo, admite que no puede vivir sin ti y que eres demasiado especial como para dejarte pasar de largo en su vida. Sé que Mow no es mala persona, pero a veces se comporta como un verdadero capullo.
Yo la miraba con la boca abierta. Por supuesto que había pensado eso muchas veces, pero nunca lo había puesto por palabras tangibles, y Greta tenía esa cualidad que a mí casi se me había olvidado: expresar claramente los pensamientos de los demás, como si tuviese telepatía. Y seguía hablando, agitando sus rizos pelirrojos con furia:
-Él permaneció callado durante todo ese rato, pero cuando acabé explotó y me gritó que yo no sabía lo que era ver a tus padres morir mientras lo perdías todo y tenías que huir como un maldito proscrito. Dijo que le había costado más de lo que yo pensaba vivir durante esos cuatro años fuera del Imperio, y que volvió para intentar dar a su pueblo un futuro mejor. Cuando terminó de hablar estaba llorando, Simona –de repente Greta ya no parecía furiosa, sino sólo cansada-. Lloraba como un crío, arrimado a su mesa y empapando el traje canela ese que le queda tan horrendo. Me dio pena haberle provocado de esa manera, pero creo que era necesario que viera la realidad de frente y al completo. Él siempre había estado sumido en su propia desgracia, de forma que no se había preocupado excesivamente de la de los demás; solamente en lo esencial. Tenemos que admitir que es un buen hombre, pero a veces ha cometido el error de pasar por alto ciertas cosas que no sólo le habrían evitado daño a él –me dirigió una elocuente mirada que yo no correspondí.
Aquel relato me había dejado la boca seca. Me limpié el chocolate de las manos y, de pronto, acusé unas terribles ganas de vomitar, aunque no sabía qué podría salirme del estómago, ya que no había tocado el bollo. Greta volvió a la carga, pero esta vez dijo algo realmente sorprendente:
-Después de dejarlo ahí llorando pensé que me despediría, pero lo que hizo fue llamarme a su despacho al cabo de dos días y encomendarme la misión de ir a por ti y traerte a toda costa. Parecía un hombre nuevo, Simona: ya se había acabado el frenesí de los meses anteriores y hablaba con una nueva calma que yo nunca le había visto. Me habló de superior a subordinada, pero cuando me iba a marchar me dijo que me subiría el sueldo sólo por ser la persona más sincera de las que tenía alrededor en ese momento. A mí me hizo gracia, pero me di cuenta de que había reflexionado, así que cumplí con mi deber y no volví a rechistar.
Al ver mi cara debió de pensar que me estaba dando fiebre, por lo que se apresuró a aclarar:
-Si te cuento esto, Simona, es porque creo que mereces saberlo, aunque él sea demasiado orgulloso para contártelo. Supongo que no tiene el valor de darte más razones para marcharte de las que ya tienes. Quizá él viera más romántico que no supieses los pormenores del asunto, pero a mí me parece injusto. Además, si te lo cuento tan tranquila es porque sé que no te vas a ir dejándolo aquí solo otra vez. Si lo hicieras, créeme que cualquier día nos lo encontraríamos colgado de una viga, les declararía la guerra a los indígenas o vete a saber qué idiotez se le ocurriría. En fin –volvió a adoptar el tono despreocupado-, supongo que también te interesará saber que no se lo veía tan contento desde hace más de siete años. Va por ahí dando saltos y oliendo flores como un idiota. De verdad, a veces no me lo explico: puede pasar de la tristeza más honda a un comportamiento perfectamente infantil. Supongo que tú lo entenderás, porque yo ya me habría ido como un rayo al saber que semejante bicho quería casarse conmigo –dicho esto, terminó su bollo y se recostó en el asiento-. ¿No te vas a acabar el bollo?

sábado, 4 de octubre de 2014

Es curioso cómo, cuando más perdidos nos encontramos, nos aferramos a cualquier clavo que encontramos cercano en la pared. No tiene por qué estar ardiendo; simplemente, debe estar ahí para que nos agarremos a él. Y seguramente antes no nos dimos cuenta de que estaba.
Así es como nos buscamos a nosotros mismos, yendo de clavo en clavo y tratando de alcanzar la cima de esta pared sin caernos al suelo. 
Y a veces, cuando nos entra la melancolía y nos acordamos de ese hogar que hemos dejado atrás... no queda otra que buscar el clavo apropiado para pisar fuerte y seguir subiendo.


miércoles, 1 de octubre de 2014

'El poder es una cosa muy curiosa, mi señor'

-El poder es una cosa muy curiosa, mi señor. Decidme, ¿habéis tenido tiempo de meditar sobre el acertijo que os planteé hace unos días en la posada?
-Le he dado algunas vueltas -reconoció Tyrion-. El rey, el sacerdote, el hombre rico... ¿Quién vive y quién muere? ¿A quién obedecerá el hombre de la espada? Es un acertijo sin respuesta; mejor dicho, con demasiadas respuestas. Todo depende de cómo sea ese hombre.
-Pero, en realidad, el hombre de la espada no es nadie -señaló Varys-. No tiene corona, ni oro, ni el favor de los dioses, solo un trozo de acero afilado.
-Ese trozo de acero es el poder de la vida y la muerte.
-Exacto. Pero, si quien nos gobierna en realidad es el hombre de armas, ¿por qué fingimos que son nuestros reyes los que tienen el poder? ¿Por qué un hombre fuerte con una espada se plantearía jamás obedecer a un niño rey como Joffrey, o a un idiota borracho como su padre?

-Porque esos niños reyes y esos idiotas borrachos pueden llamar a otros hombres fuertes, con otras espadas.
-Entonces serían esos otros guerreros los que en realidad tendrían el poder. ¿O no? ¿De dónde salen sus espadas? ¿Por qué obedecen? -Varys sonrió-. Hay quien dice que el conocimiento es poder. Hay quien dice que la magia deriva de los dioses. Otros dicen que el poder lo da la ley. Pero aquel día, en los peldaños del Septo de Baelor, nuestro piadoso Septón Supremo, la legítima reina regente y vuestro seguro servidor, con todos sus conocimientos, estuvieron tan impotentes como cualquier zapatero remendón de la multitud. ¿Quién mató en realidad a Eddard Stark? ¿Vos qué pensáis? ¿Joffrey, que dio la orden? ¿Ser Ilyn Payne, que blandió la espada? ¿O bien... otra persona? 
-¿Vais a decirme la respuesta del maldito acertijo o solo queréis empeorarme esta jaqueca? -Tyrion inclinó la cabeza hacia un lado.
-De acuerdo -dijo Varys sonriendo de nuevo-, ahí va: el poder reside donde los hombres creen que reside. Ni más ni menos.
-Entonces, ¿el poder es una farsa?
-Una sombra en la pared -murmuró Varys-. Pero las sombras pueden matar. Y a veces, un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.

George R. R. Martin, Canción de hielo y fuego II: Choque de reyes

sábado, 27 de septiembre de 2014

El espíritu celta que hablaba gaélico y trotaba por praderas irlandesas.

Me pregunto qué le pasó a ese corazón vestido de verde
que con sus prendas de seda danzaba al viento
escuchando una música procedente de arpas y gaitas con olor a mar.
No sé dónde se encuentran ahora los ojos
que veían dragones salir de entre la bruma a través de la ventana
y que se cerraban fuertemente con la esperanza de volar entre las nubes
al abrirse otra vez.
La niña llorona se volvió apática
y se comporta como si nada de eso tuviera cabida
en su recién construido palacio de cristal.
El espíritu celta
que hablaba gaélico
y trotaba por praderas irlandesas.
Ya no hay gato encerrado porque su misma dueña lo dejó salir.
El perro de tres cabezas yace dormido en un sorral de arena blanca,
su cadena puesta al cuello pero ya sin fuerzas para intentar romperla.
Hoy no quedan ya canciones en inglés de las islas,
ni música de violín,
ni pieles de ciervo colgando de los hombros del hada Morgana.
Arturo yace muerto en Avalón
y Excalibur se hundió ha ya mucho tiempo entre las nieblas de su lago.

Pero a lo mejor la niña llorona aún sigue soñando.

viernes, 26 de septiembre de 2014

¿Conoces ese momento
en el que dejas de ser quien eres de verdad
para convertirte en otra persona completamente diferente
a la que no conoces de nada?
¿Te suena ese instante
en el que te elevas de tus pies
y te dejas llevar por olores, sabores y sensaciones
que hasta entonces te habían pasado inadvertidas,
y que de algún modo se llevan una parte de tu alma
a algún lugar que no conoces, muy lejos de ti?
De pronto se te olvida si preferías el helado de chocolate al de nata,
si te gustaba comer macarrones los martes o los miércoles,
si por las mañanas te vistes antes de desayunar o después.
Olvidas cosas tan estúpidas, tan tontas,
que incluso a ti te parece gracioso el no saber quién eres
ni hacia dónde vas.

jueves, 18 de septiembre de 2014

El lamento de una mujer rota.

"¡Tiene razón, tiene razón! ¡Siempre, siempre tiene razón! Es cristiano, es generoso... Pero ¡cuán vil y despreciable! ¡Y nadie lo comprende, excepto yo! Jamás podrán comprenderlo, ni yo explicarlo. Para los demás es un hombre religioso, moral, honrado, inteligente... Pero no ven lo que yo he visto. No saben que durante ocho años ese hombre ha ahogado mi vida, cuanto en mí había de vivo, sin pensar jamás que soy una mujer de carne y hueso que necesita amor. No saben que me ofendía constantemente y se sentía satisfecho de sí mismo. ¿No he procurado con todas mis fuerzas hallar la justificación de mi vida? ¿No he tratado de amarle y luego de amar a mi hijo cuando ya no podía amarle a él? Pero llegó el momento en que comprendí que no podía seguir engañándome, que vivo, que no tengo la culpa de que Dios me haya hecho así, que necesito vida y amor. Si me hubiera matado, si hubiera matado a Vronsky, yo lo habría soportado todo, le habría perdonado... pero él no es así...
¿Cómo no adiviné lo que iba a decidir? Hace lo que es propio de su ruin carácter. Seguirá viviendo conmigo ya caída. Él se quedará con la razón y a mí me hará sucumbir, me humillará cada vez más... (...) Ésta es la amenaza por la que me va a quitar el niño, y seguramente su ley estúpida lo hace posible. ¿Acaso no sé por qué me lo dice? No cree en mi amor a mi hijo, o más bien lo desprecia. Siempre se burlaba de este amor. Sí, desprecia este sentimiento, pero sabe que no he de abandonar a mi hijo, porque sin él no me es posible vivir, ni siquiera con el hombre a quien amo; y, en todo caso, si le dejara y huyera, había de obrar como una mujer más baja y más deshonrada aún. Sí, lo sabe y le consta que no tendré fuerzas para hacerlo.
Nuestra vida debe seguir como antes. (...) ¡Pero esa vida, antes, era penosa y, últimamente, horrible! ¿Cómo será, pues, de ahora en adelante? Y él no lo ignora, sabe que no puedo arrepentirme de lo que siento, de lo que he hecho por amor. Sabe que nada puede resultar de esto sino mentira y engaño, pero él necesita continuar martirizándome. Le conozco: sé que goza y nada en la mentira como un pez en el agua. Pero no le proporcionaré ese placer. Romperé la red de mentiras en que quiere envolverme y será lo que Dios quiera... Todo antes que la ficción y el engaño.
Pero ¿cómo lo podré hacer? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Habrá habido nunca en el mundo mujer tan desgraciada como yo?"

Lev N. Tolstói, Ana Karenina